Es tan tentador fantasear con viajar en el tiempo y colarse en la Villa Diodati en 1816… “El año sin verano”, lo llamaron. Un volcán había entrado en erupción en Indonesia un año antes y el cielo estaba totalmente oscurecido debido a las cenizas que aún cubrían Inglaterra al completo y parte de Europa. Las temperaturas cayeron dramáticamente y el pintoresco grupo que componían Mary Shelley, su esposo Percy, Lord Byron y su médico John William Polidori, decidió pasar un tiempo en esta mansión de Colonia, Suiza, cerca del lago de Ginebra, donde entretendrían sus eternas noches inventando historias que se relatarían unos a otros. Allí nacieron, contra todo pronóstico Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley y El vampiro de Polidori, dejando a Percy y a Lord Byron, los experimentados escritores, con dos palmos de narices. Mary acababa de crear una de las criaturas más icónicas de la cultura popular, la misma que ha sido objeto de decenas de versiones teatrales y audiovisuales y que en 2025 Guillermo del Toro ha revestido de su particular sensibilidad, dándonos uno de esos dramáticos cuentos gótico-victorianos que tanto nos inspiran.
Mucho se ha reflexionado sobre el lugar del que pudo provenir una idea tan original, que no se basaba, como en el caso de El vampiro, en ninguna leyenda popular previa. La escribió entre 1816-1817 y se publicó, sin revelar su nombre y dejando en un principio que el público pensara que había sido obra de su marido, en 1818, -cuando la autora tenía veinte años; a los 17 ya había dado a luz a su primera hija, que murió siendo aún un bebé- curiosamente el mismo año en que Jane Austen presentaba La abadía de Northanger, donde precisamente parodiaba los tropos habituales de la novela gótica, como señala la historiadora y catedrática de la Universidad de Valencia Isabel Burdiel en la introducción de la edición de Frankenstein de Cátedra de 2001.
Pero, ya fuera por la herida del suicidio de su madre, por las ideas de ésta sobre el feminismo y la igualdad de oportunidades en la enseñanza infantil, por la ausencia de atención de un padre que no aplicó las técnicas de aprendizaje que hubiera deseado su esposa -Mary y sus hermanas tuvieron que aprender a leer con su niñera mientras sus hermanos varones acudían a los mejores colegios- o por el miedo a la pérdida en sus embarazos, a la soledad y al abandono -las infidelidades de Percey Shelley, el suicidio de su hermana Fanny, el fallecimiento de otros dos de sus cuatro hijos y sus propias enfermedades en los últimos años de su vida la marcaron para siempre-, la escritora ideó un concepto diferente y rompedor. Este Prometeo de Shelley llega más lejos que el de la mitología griega, quien tan sólo osó reclamar para sí el conocimiento. El suyo reta al Dios cristiano de manera directa, llegando a convertirse en creador para desamparar después a su propia criatura, del mismo modo en que los padres de Mary se apartaron de ella. No es casualidad que su relato arranque con una cita de El paraíso perdido de John Milton: "¿Te pedí, por ventura, Creador, que me transformaras en hombre del barro del que vengo? ¿Te imploré alguna vez que me sacaras de la oscuridad?
Un sueño victoriano vestido con sello propio
Tal y como explican desde Netflix en palabras del propio Guillermo del Toro: “No quería que vieran una obra de época en colores pastel. Quería que Víctor fuera vestido como Mick Jagger en el Soho en 1970. Quería que el vestuario fuera exuberante y lleno de color”. Y lo cierto es que, a priori podemos sentir cierta confusión, porque el libro no tiene lugar en la época victoriana. De hecho, en las partes epistolares podemos ver que las cartas están fechadas con unos misteriosos "17…", aludiendo a que nos encontramos en el siglo XVIII, pero sin especificar exactamente qué década. Normalmente se suele ubicar a finales del XVIII y principios del XIX. Curiosamente, cuando Shelley publicó la obra faltaban dos años para que terminara el periodo Regencia -sí, el que conocemos por las películas basadas en los libros de Jane Austen- y parece que Guillermo del Toro pensó más en la propia vida de la autora que en el escenario de la novela original. Si nos fijamos, al comienzo de la película, Mia Goth encarna al personaje de la madre de Víctor Frankenstein enfundada en un impactante vestido rojo cuyo corte es absolutamente Regencia, con esa característica costura bajo el pecho. Sin embargo, después, cuando la actriz da vida a Elizabeth Harlander, la prometida de William e interés romántico tanto del monstruo como de su creador, se enfunda en diseños con corsés y faldas voluminosas directamente basados en la época victoriana.
¿No es curioso que todas nos hayamos quedado prendadas de los dos vestidos de la cinta que tienen el blanco y el rojo como eje vertebrador? “La idea para mí es que la infancia es blanco, negro y rojo: la madre y el hogar son rojos. Así que si Víctor pierde eso, ese es el color que debería perseguirle. Su infancia carece de color”, asegura del Toro. De este modo, en la mayoría de los encuentros del Víctor adulto con Elizabeth, ésta siempre lleva algún detalle en rojo, -el paraguas, el collar con la cruz…-emulando el marco del rostro del ataúd de su madre. Tanto es así, que los papeles se invierten y en el primer vestido cubierto por el velo rojo, vemos debajo un estampado a rayas en blanco y negro, mientras que la Elizabeth novia utiliza el color que impuso precisamente en esa época la reina Victoria, pero cede al rojo en el adorno que porta al cuello. Además, del Toro nos conecta directamente con La novia de Frankenstein de 1935, dirigida por James Whale, donde Elsa Lanchester cubría sus brazos con las mismas vendas a las que alude la pieza bordada para Mia Goth.
Kate Hawley, diseñadora de vestuario de la película -que ya trabajó con el director en la melancólica Crimson Peak- investigó especialmente las décadas centrales del siglo XIX, aunque asegura que la parte creativa la llevó a tomarse ciertas libertades: “Al fin y al cabo, es una fantasía, así que nos hemos permitido licencias”. A la hora de crear los demás vestidos de Elizabeth Harlander (Mia Goth), Hawley se inspiró en “el interés del personaje por la entomología, la botánica y el mundo natural”, como señalan desde Netflix. “Incluso estudió la anatomía de los escarabajos y diversas estructuras celulares para desarrollar patrones únicos que pudieran tejerse en las telas hechas a medida. Además de opciones más convencionales como damascos, sedas y tafetanes, Hawley utilizó tejidos brillantes que refractan la luz en colores ligeramente etéreos”, aseguran. Según la diseñadora, “Guillermo quería que Elizabeth fuera muy etérea, y hay una iridiscencia y una naturaleza efímera en algunos de esos colores y telas que nos ayudó. Se trata de hacer eco de esas cualidades de insectos y escarabajos, simplemente adaptadas a la época, con cinturas diminutas y encorsetadas y faldas voluminosas”.
De este modo, vemos diseños en verdes, azules -sí, todas hemos sentido un flechazo con el que se acompaña del tocado de plumas y las joyas de Tiffany & Co.- y amarillos que también nos conducen hasta esa idea de “lo sublime” que defendían los románticos del XIX. A esa angustia del ser humano frente a la naturaleza y su fuerza incontrolable; al deseo de encontrarse a uno mismo en un mundo áspero y hostil.
Wimsigoth, gótico sureño, soft goth… 2025 ha pasado entre reinvenciones de la estética dark para todos los gustos. Entre las que se han bebido los looks de Jenna Ortega en la segunda temporada de Miércoles, las que descubrieron el gótico suave de los noventa y las que se apuntaron a este oscuro universo a raíz del desfile de hadas góticas de Rodarte, el gusto por reinterpretar esta tendencia no decae. Las pasarelas ya lo demostraron mirando a Cumbres Borrascosas -y eso que todavía no se ha estrenado la película de Emerald Fennell- y ahora le toca el turno a Frankenstein. Pero ¿cómo adaptamos al día a día lo que nuestros ojos han contemplado en la película? No se trata de enfundarnos en corsés y crinolinas; la nostalgia por otras épocas no puede impedirnos ser realistas y debemos ver que este tipo de indumentaria no nació para reuniones y trayectos en metro. Sentimos desinflar el globo, pero algo sí que se puede hacer.
Tomemos entonces pequeños guiños y elementos de este cosmos dramático para añadir un poco de teatralidad a nuestros looks cotidianos. Aparquemos los vaqueros por un momento y dejémonos seducir por esos vestidos que nos harán sentir como la heroína de nuestra aventura gótica favorita, prescindiendo de la limitación de movimientos, eso sí. ¿Quieres ideas? Las tienes todas aquí:
Con mangas bien abullonadas:
La interpretación ponible de su vestido de novia:
El victoriano reinventado:
La versión sensata del vestido azul de Mia Goth:
El rojo siempre presente en la cinta:
Con cuello victoriano:
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