Oona Chaplin: “Cuando la confianza se quiebra, el motor baja del corazón a la pelvis”

La actriz aterriza en Avatar: Fuego y ceniza, interpretando a Varang. Una magnética y seductora antagonista que revive a la saga.

Oona Chaplin aterriza en Madrid el 9 de diciembre con una calma luminosa que llena la sala donde nos espera para la fugaz entrevista. Hay personas cuya presencia parece ordenar el aire, como si la energía se reacomodara alrededor de ellas, y la actriz es una de esas. Viene a presentar Avatar: Fuego y ceniza, la nueva entrega de la saga de James Cameron, y trae consigo no solo la experiencia de haber interpretado a la enigmática Varang, líder del Pueblo de las Cenizas, sino también una historia personal que se entreteje con la película de una manera casi milagrosa. Lo primero que dice, sin dudar, es: “La cabeza, el corazón, el alma… todo me explotó”. Esa estallido no es una hipérbole, es la forma más honesta que encuentra para describir la intensidad vital de este proyecto.

Oona Chaplin Avatar Fuego y ceniza

Oona Chaplin.

John Russo

Todo empezó de manera sencilla, como si la vida hubiera colocado piezas con delicadeza para que encajaran en el momento exacto. “Hice el casting por una conexión que tuve con un representante, en Los Ángeles, que llamó a Margery Simkin, la directora de casting: una tipaza, muy inteligente y muy firme, una persona con mucha integridad”. Su admiración por Simkin brota natural, sin impostura. Ella fue quien la citó, quien la escuchó, quien la llamó de nuevo, y quien finalmente la condujo a ese tercer encuentro que marcaría un antes y un después: conocer en persona a James Cameron. Oona lo recuerda con un gesto que mezcla humor y vértigo: “¡Bua! Me dije: hoy conozco a James Cameron. Es un héroe para mí”. Pensó que no podría sostener la tensión de ese momento, que la emoción la traicionaría. “Tenía mucha impresión, casi miedo, estaba muy nerviosa”. Y entonces ocurrió algo que sigue describiendo con sorpresa: “Pero cuando llegué, a los cinco minutos ya me había olvidado de quién era. Es tan juguetón, tan energético y tan carismático, tan curioso y tan generoso… que ya estaba metida dentro y estábamos jugando”.

Oona Chaplin Avatar Fuego y ceniza

Varang (Oona Chaplin).

20th Century Studios

Aquella primera escena juntos fue solo el comienzo. Después de rodarla, hablaron durante unos 45 minutos sobre permacultura, tierra y agricultura orgánica. Fue una conversación tan inesperada como reveladora. “Él tiene una granja en Nueva Zelanda. Yo tenía un proyecto de permacultura en Vancúver. Además, estaba viviendo en una granja en California. Nos interesa mucho lo que es el cuidado de la tierra, y ahí conectamos”. Esa conexión se convirtió para la actriz en un punto de inflexión: todo lo que había estado viviendo fuera de cámara —su activismo, su vínculo con lideranzas indígenas, su relación con la tierra— encontró de pronto un espejo en Avatar. “Fue un proyecto que entrelazó muchas partes de mi vida que me importan. Tengo relaciones con diferentes lideranzas indígenas del mundo entero y llevo 15 años dedicando energía, tiempo y recursos a aprender de estas lideranzas y amplificar su voz. A través de Avatar todo se unificó”.

Oona Chaplin Avatar Fuego y ceniza

Oona Chaplin, en la presentación de Avatar: Fuego y Cenizas, en Mandarin Oriental Ritz Hotel, de Madrid.

Aldara Zarraoa/Getty Images

Esa unión se hizo literalmente visible cuando Cameron la invitó a llevar ese entorno al set. “Él no sabía que yo estaba metida en ese mundo. Cuando lo conoció dijo: ‘Oye, ¿por qué no invitas a alguno de tus amigos aquí a que vengan a hacer una ceremonia?’”. Así, dos liderantas yahuanahua viajaron desde Acre, en la Amazonía brasileña, para realizar un ritual de bendición. Llegaron con su canto, su medicina, su incienso —Sepa— y una forma de sostener el tiempo que nada tiene que ver con el reloj occidental. La ceremonia debía durar un cuarto de hora: se prolongó toda una mañana. “Cantaron cuatro horas y media y hasta seis, toda una mañana. Y en un momento pensé: uf, esto está tomando mucho tiempo. Yo sabía que le habían designado 15 minutos. Fui donde James Cameron y le dije: 'Oye, Jim, si está tomando demasiado tiempo… y me interrumpió: ‘Toma el tiempo que toma, el necesario’. Yo me quedé como guau, este tipo sabe lo que es bueno”. Ese gesto, casi sagrado, la acompañó durante todo el rodaje.

En Avatar: Fuego y ceniza, la historia retoma a la familia Sully poco después de El sentido del agua. Siguen viviendo entre los Metkayina, tratando de recomponer su vida tras la muerte de Neteyam. La RDA se reorganiza con una ferocidad renovada, el océano sigue siendo refugio y herida, y Pandora se expande hacia clanes que nunca antes habíamos visto. Entre ellos, los Comerciantes del Viento, que surcan el cielo en enormes medusoides que generan hidrógeno para elevar góndolas; y, en el polo opuesto, el Clan Mangkwan, el devastado Pueblo de las Cenizas. De allí emerge Varang, interpretada por Oona, una figura abrasada por la tragedia y convertida en líder chamánica de un pueblo que perdió su hogar y su fe en Eywa tras la erupción del volcán que lo destruyó todo.

“Muchas gracias”, responde Oona cuando se la felicita porque su Varang es uno de los personajes más poderosos de la saga. “Fue muy duro, muy bonito. Tuvimos mucha preparación. James Cameron nos abre las puertas a todos los recursos que él tiene. Seis semanas estudianto artes marciales, arco, parkour, psicología y diseño del movimiento. Aprendemos a hacer tantas cosas. Trae expertos del mundo entero para llenar y habitar esta piel de Na’vi”. No es solo ejecutar la técnica, sino dotar ese tejido de emoción. Para entender a Varang, Oona estudió en profundidad a su compañera de reparto. “Estudié mucho a Zoe [Saldaña]. Neytiri y Varang, en otra historia, hubieran sido grandes amigas. Si no fuera por el volcán, estarían peleando una al lado de la otra como hermanas. Pero el dolor cambió su mundo, le cerró el corazón”.

Esa clausura tenía que sentirse en el cuerpo. “Deborah Lynn Scott, la diseñadora de vestuario, me creó una cinta para apretarme alrededor del pecho. El motor de los Na’vi está en el corazón porque tienen confianza. Cuando la confianza se quiebra, el motor baja a la pelvis. Por eso Varang se mueve más como la lava: seductora, imparable, despacio pero precisa y súper potente”. Esa imagen —la lava como corazón desplazado— contiene todo lo que su personaje es: una mujer que se endurece, fluye, amenaza y seduce desde un lugar profundo. A eso se sumaron las armas que usa, los Buugengs: “Se emplean para realizar malabares en el circo… aprender a manejarlos también requiere mucho entrenamiento”. Y añade, recordando un detalle visual que marcó la forma de manejarlos: “Mucho de sus movimientos se parecen a la de los abanicos”. Al mencionarlos, su cuerpo dibuja un gesto mínimo que revela lo físico que fue aquel aprendizaje. “Es ser curva. Y luego ser sólido, pero estar vivo”.

Oona Chaplin Avatar Fuego y ceniza

Varang (Oona Chaplin).

20th Century Studios

Verse transformada en pantalla fue otra conmoción. “Lo primero que me torció el cerebro fue ver que era yo, pero sin serlo: soy, pero no soy. Lograron proteger la esencia de lo que habíamo rodado. No sé cómo lo hacen. Me parece magia”. Y se ríe al compararlo con su vida cotidiana, donde comenta que rara vez se ve como en cámara: “Normalmente estoy en mi pijama sin maquillaje. Soy madre. Ahora mismo me veo y digo: pues soy yo y no soy yo. Es casi lo mismo”.

La sinceridad con la que habla de su personaje es igual de conmovedora que la confianza recién adquirida al interpretarlo. “Me puse muy valiente con ella, me hice muy grande. Me decía: ay Dios mío, ¿va a funcionar? Y funcionó. Me hicieron tan cool”. Lo dice con una mezcla de orgullo y asombro que la convierten en una persona aún más cercana. Cuando se menciona que la saga renace con ella, su reacción es una sonrisa que lo confirma todo. “¿A que sí?". Y se ríe aún más cuando se augura que habrá miles de personas disfrazándose de Varang en Halloween: “¡Lo sabes!”.

Mientras se la escucha, es imposible no pensar en cómo esta película, además de explorar la pérdida, la guerra y la familia, ha abierto espacio para una nueva energía femenina y ancestral. Cameron ha descrito Fuego y ceniza como una historia muy veraz, emocionalmente sincera, donde cada personaje carga con las consecuencias de lo vivido. En ese paisaje, Varang no es solo antagonista: es una fuerza que encarna lo que sucede cuando un mundo se rompe y las piezas no encajan del mismo modo. Y para interpretarla, no podía haber una actriz que entendiera mejor la importancia de sostener un corazón roto desde un lugar espiritual.

Cuando Oona se despide, lo hace con una ligereza que contrasta con la profundidad de todo lo dicho. “Muchas gracias. Un placer”. Al salir al pasillo y cerrar la puerta de la sala, donde ella recibirá al siguiente periodista, algo permanece vibrando: quizá el eco de las liderantas que bendijeron un set de Hollywood, quizá el movimiento de lava que habita el cuerpo de Varang, quizá simplemente la huella de una actriz que ha logrado que la ceniza sea una forma de luz.