Hasta de aquellas disciplinas que menos nos interesan, lo más probable es que seamos capaces de citar algunos representantes. En música clásica; Mozart, Chopin o Bach. En fútbol; Mbappé, Messi o Ronaldo, uno de los dos. Piensa en cualquier ámbito, de la física a la pintura. La lista puede ser bastante larga y aún así, la estadística asegura que incluirá más referentes masculinos, que femeninos. Y el asunto es aún más grave cuando hablamos de mujeres en la ciencia.
Según un estudio de 2020 sobre la percepción subjetiva de la ciencia, a la hora de mencionar a su científico favorito muchos de los adolescentes consultados coincidieron: Einstein. Las niñas nombraron a Marie Curie en casi la misma proporción, mientras que sólo al 5,7% de los chicos se le ocurrió un ejemplo femenino. Isaac Newton, Stephen Hawking, Galileo, Planck, Faraday. Pero ¿y qué hay de ellas? Hipatia, Ada Lovelace, Hedy Lamarr, con suerte, Margarita Salas…
El término ‘Efecto Matilda’ fue acuñado por una historiadora para referirse a todas esas mujeres en la ciencia que han sido “olvidadas” o ignoradas en los estudios, en la investigación y en los medios. Hemos mejorado mucho y sin embargo, no hemos llegado al punto en que las niñas quieran ser científicas. Al menos no en la misma medida que sus compañeros. En España, según el Libro Blanco de las mujeres en el ámbito tecnológico (2019), sólo 16% de los profesionales del área de las STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas, por sus siglas en inglés) son mujeres y muy pocas adolescentes, el 0,7%, están interesadas en estudiar un grado relacionado con las tecnologías digitales, frente al 7% de los hombres.
Para discutir sobre esta situación, sus causas y sus posibles soluciones con motivo del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la ciencia que se celebra el 11 de febrero, hablamos con las ganadoras del premio Glamour Women of the year ‘Mujer en la ciencia’ de 2023 y 2024, Sara García y Carmen Espinós en un coloquio informal frente a un grupo de niñas con edades comprendidas entre los 9 y los 14 años.
Carmen Espinós es la investigadora jefa del Laboratorio de Investigación de Enfermedades Raras Neurodegenerativas del Centro de Investigación Príncipe Felipe. Sara García, bióloga molecular y miembro de la reserva de astronautas de la Agencia Espacial Europea, desarrollaba fármacos en el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas antes de convertirse en la primera astronauta española de la historia. Ahora, acaba de publicar su primer libro Órbitas, casi nada.
La vocación de cada una de ellas surgió en momentos distintos de su carrera. Sara García recuerda haciéndose preguntas desde una edad muy temprana, “pero no te sabría decir si quería ser física, matemática, bióloga ingeniera o escritora”. Ya en la carrera descubrió que quería dedicarse a la investigación contra el cáncer. A Carmen Espinós las matemáticas le resultaron sencillas desde el principio, “casi no tenía que estudiar”, pero la epifanía le sobrevino a los 12 años frente al televisor, un lunes en que el programa que emitía TVE sobre carreras científicas estaba dedicado a las ciencias biológicas, al ver a una mujer trabajando en un laboratorio pensó "yo quiero eso" y como creo que soy muy cabezona, fui a por ello". Ambas coinciden en que hasta que no comenzaron sus estudios superiores y entraron en contacto con mujeres que ya desempeñaban la profesión, no fueron realmente conscientes de lo que suponía y de sus posibles aplicaciones.
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En el año 2000, el Instituto Geena Davis, desarrolló el ‘efecto Scully’ para tratar de dar explicación a la cantidad de mujeres en carreras científicas que citaban al famoso personaje de Expediente X interpretado por Gillian Anderson como su principal motivación. Aunque no se pudo probar positivamente una causalidad, esta encuesta revela cuanto menos una falta de referentes fuera de la ficción. “Más allá de los nombres conocidos, ejemplos reales en los que mirarte, no recuerdo ninguno y es difícil soñar con una profesión que no sabes en qué consiste", corrobora Sara García. En el caso de Carmen Espinós aquel referente en la televisión resultó determinante, aún más cuando en su familia, nadie se había dedicado nunca al ámbito científico.
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En 2023, se hizo viral una encuesta en la que casi la mitad de los hombres consultados contestaron que se veían capaces de aterrizar un avión en caso de emergencia. ¡Sorpresa! No ocurrió lo mismo con las mujeres. Más allá de lo anecdótico, lo realmente llamativo es el contraste entre una actitud que peca de inconsciente y, en el extremo contrario, una excesivamente prudente.
De acuerdo con un informe publicado en la revista Science en 2017, ya a los 6 años las niñas se creen menos brillantes que sus compañeros y evitan participar en juegos presentados como actividades “para personas muy listas”. A los 15 años, las niñas tienen una probabilidad sustancialmente mayor que los niños (21%) de experimentar nervios o ansiedad ante un problema de matemáticas y las cifras eran peores en 2022 que hace una década.
“Sí que he notado que niñas y mujeres si no se sienten 100% preparadas para algo no se lanzan a intentarlo”, indica Sara García que, además, señala otro problema: la escasa o nula tolerancia al error. “Tengo que hacerlo perfecto, si no lo hago perfecto, no lo hago, y si cometo un error he fra-ca-sa-do", apunta. Ella misma recuerda haber suspendido exámenes de matemáticas en el instituto porque “los profesores me lo explicaban de una manera que para mí no funcionaba” y sugiere que hay que eliminar esas etiquetas como “fracaso” o “ser mala en algo”. Carmen Espinós comparte la idea de que las mujeres tendemos a ser más prudentes: “tenemos más temor a ejecutar fuera de nuestra zona de confort, pero aún con eso hay que pelearlo, pero también es verdad que se nos exige más a las mujeres, tenemos que hacerlo todo bien, tenemos que ser perfectas en la profesión, tenemos que ser excelentes en todo y ¿perdona? ¿Por qué?”
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Pese a todos los obstáculos que a día de hoy siguen encontrando las jóvenes españolas en las carreras científicas, Sara García consiguió ser la primera española en fichar por la Agencia Espacial Europea (ESA) tras 18 meses de intensas pruebas frente a 23.000 aspirantes que competían por 17 plazas. ¿Cuántas veces tuvo que acallar el síndrome de la impostora en el proceso?
“Pensamientos intrusivos tenemos todos, pero hay que descartarlos cuanto antes”, asegura desde la experiencia. Al fin y al cabo la carrera ya tiene suficientes obstáculos como para añadir nuestras propias limitaciones. “Podemos con todo, luego ya veremos como se gestiona, pero no nos limitemos”, aconseja.
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Si en los años 80, las mujeres representaban más del 30 % de las matrículas en Ingeniería Informática, hoy apenas llegan al 12%; y si en Matemáticas suponían el 60 % de los estudiantes universitarios inscritos en el año 2000, hoy se quedan en un 37 %. A esto se añade otro problema que es que de las pocas mujeres que empiezan, aún menos acaban. “No estudiarlo muchas veces viene de las limitaciones propias que nos imponemos porque tenemos miedo al fracaso y yo creo que hay que tirarse a la piscina, con que tenga un poquito de agua, acabas nadando”, asegura Carmen Espinós que, sin embargo, explica la tasa de abandono en otros términos: “Cuando llega el momento de tener hijos o hijas sigo apreciando que es más la mujer que la que decide destinar un porcentaje más alto de su tiempo al cuidado de los niños", señala.
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La brecha de género en los estudios, se agrava aún más en puestos de responsabilidad. De acuerdo con un artículo publicado en El País en 2023, solo una de cada tres personas dedicadas a la investigación en todo el mundo son mujeres y apenas suponen un 24 % del número de cátedras en las universidades españolas. Otro tanto ocurre en las comisiones de dirección de los laboratorios y centro de investigación aún cuando la biomedicina es el sector de las STEM con mayor paridad. “Los hombres se acuerdan de los hombres y es así. Prefieren trabajar con hombres”, denuncia Carmen Espinós.
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Aunque no todo es negativo, las cosas están cambiando "y es que tiene que ser así, si somos el 50% de la población, ¿cómo no se nos va a tener en cuenta? Tenemos que estar. No se nos puede obviar, además es que es una forma de anular tanto conocimiento, tanto talento, que es un error catastrófico".
Analizada al microscopio, la carrera STEM se perfila llena de obstáculos que socavan aún más su atractivo. Sin financiación y con el esfuerzo extra que supone romper, primero, con nuestras propias limitaciones y después, con el techo de cristal, ¿por qué iban las niñas a querer ser científicas? Ambas están de acuerdo en que una de las cosas más bonitas de su profesión es la posibilidad de ser la primera persona en descubrir algo, por ínfimo que pueda parecer e insisten en la importancia de que las próximas generaciones conozcan las aplicaciones reales de la ciencia: “Las carreras STEM sirven para mejorar el mundo en general. En muchos ámbitos, no sólo en un laboratorio con una pipeta en mano sino en empresas. ¿A qué se dedica una bióloga, una genetista, una matemática? Desde las carreras STEM se pueden hacer cosas como encontrar nuevos tratamientos contra enfermedades, diagnóstico de enfermedades de carácter genético, programar un videojuego, fabricar el motor de un coche de carreras, hacer drones para la agricultura…”, enumera Sara García.
“Y no hay que preocuparse si no te llega la nota de corte para la que quieres estudiar, casi todas comparten la misma base de conocimiento transversal que te permite aplicar transversalmente a otros campos”, concluye Carmen Espinós.
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Fotografía: Silvia de la Rosa.
Estilismo: Mapi Vidal.
Peluquería y maquillaje: Rodrigo Galo, embajador de L’Oréal Professionnel.
Talent Manager: Loreto Quintanilla.
Dirección de arte: Ana Muñoz.
Producción: Laura Escribano.
Operadores de cámara: Vicente Gayo y Luis Jiménez.
Sonido: Julián Vaquera.
Edición: Nacho Milán.
Supervisión de postproducción: Ismael G. Nicolás.
Creative Optimisation Lead (Spain): David Fernández.
Supervising Producer (Spain): Sara Ramos.
Head of Video Strategy & Operations (Spain): Marcos Chamizo.
Head of Editorial Content (Glamour Spain): Carmen Mañana.





