La boda más bonita del año está en una película

No fue espectacular, no tuvo cien invitados, no duró dos días y la novia no se dejó el sueldo el vestido. Cada vez que necesites recuperar el sentido común en lo que a bodas se refiere, recurre al enlace de ‘Tú a Londres y yo a California’ (1998).
La boda más bonita del año está en una película

Las bodas se han convertido en el último evento espectacular. En la madre de todas las fiestas, de todos los ‘saraos’. Un interminable desfile de comida, confeti, bailes, discursos y lo que haga falta. Como una sobredosis de azúcar que dura más de lo esperado y que solo puede acabar con más azúcar. Y en realidad, si has estado en una, has estado en todas, pues a pesar de las sorpresas, el esfuerzo y ciertos detalles que buscan la originalidad, el resultado es el mismo: más es más, pero a veces no mejor.

Así que en un intento de localizar una boda que no se parezca a las demás, pero que sea una boda considerada como tal, el otro día me topé con la respuesta. Apareció en una película de 1998, Tú a Londres y yo a California, una cinta que arranca y acaba con una boda que en realidad es la misma, solo que separada por algo más de diez años y el nacimiento de dos niñas. Y lo vi claro, cristalino. Esa esa la boda, esa es la idea que cualquiera que quiera o decida casarse debería llevar a cabo.

Cómo es la boda más bonita del año

En 2025 se han celebrado más bodas de las que cualquiera, como invitado, puede tolerar. Todas preciosas y todas destinadas a cumplir con el guión de cómo debe ser un enlace aquí y ahora. Y sin embargo, en todas impera la sensación de haberse alejado de lo que en realidad significa el rito. Casarse, vaya.

Volviendo a la película. Los personajes interpretados por Dennis Quaid y Miranda Richardson se conocen en un crucero que viaja de Nueva York a Londres, así que ambos deciden casarse en la cubierta de un pequeño barco. Él lleva un precioso traje negro, tan básico y sencillo como perfecto. Y ella, un vestido blanco de corte midi y manga sisa, y unos diminutos pendientes de perlas como únicos complementos. Has acertado: no hubo horas y horas de diseño en un conocido atelier (un proceso que también es precioso), ni tampoco cincuenta pruebas del vestido en cuestión. Tan bonito como encontrar un modelo blanco y personarse en el lugar de los hechos. De fondo sonaba Love interpretada por Nat King Cole.

Pocos invitados, pocas fotos, flores blancas y una tarta especial

En el segundo enlace, pues el matrimonio con el que arranca la película decide separarse poco después y finalmente casarse de nuevo, la idea del vestido apenas ha cambiado: en este segunda ocasión se trata de un diseño muy sencillo de gasa de seda con una parte superior de tejido trasparente que funciona como un chal improvisado. Las perlas también están, así como los cinco invitados de excepción y alguno más: las hijas, el padre, los amigos de confianza. Sinceramente, me reconforta pensar que se puede ser tan feliz con ese pequeño grupo en ese pequeño acto. Que no hace falta añadir tanta guirnalda, que son solo “necesidades” que la industria nos ha hecho creer que, valga la redundancia, necesitamos.

Mención especial para la tarta con forma de barco –un detalle precioso, dado que los novios se conocieron en un crucero–, que funciona como uno de los pocos elementos pensados especialmente para la ocasión y que por lo tanto brilla con intensidad. Sí, quizá uno de los desaciertos de las bodas actuales es que hay tanto en lo que fijarse, tanto con lo que emocionarse, que se pierde cierta capacidad de sorprender.

Un último comentario: música bien escogida, una fiesta divertida pero que tiene punto y final, y una luna de miel que auguramos igual de sencilla. El agua y jabón de las bodas. Y en los tiempos que corren hay demasiados detergentes y perlitas con aromas cargantes.