Scarlett Johansson decidió enviar unas fotos picantes a su entonces marido, el también actor Ryan Reynolds. Corría el primer decenio de los 2000 y por entonces se sabía poco de los riesgos que implicaba compartir imágenes íntimas a través del correo electrónico. Todavía faltaba mucho para la llegada de Whatsapp y una inocente Scarlett le dio al botón de enviar: allí estaba su fabuloso derriere reflejado en un espejo. Un erótico autorretrato que en cuestión de días circuló por todas partes “gracias” a Christopher Chaney, un hacker de 35 años que había accedido no solo a la cuenta de correo de Johansson, también a la de otras celebridades con idéntico objetivo: convertir su información personal en material público.
Si Google Images nació por obra y gracia de un vestido de Versace lucido por Jennifer Lopez, la necesidad de crear un espacio seguro a la hora de compartir imágenes íntimas surgió tras el polémico caso de la protagonista de Lost in Translation (2004). “Cuando empecé a investigar la violencia en redes sociales, partíamos de una sociedad que no había nacido con las TIC integradas en su día a día", cuenta Beatriz Botella, Investigadora Senior en CENID (Centro de Inteligencia Digital de la Universidad de Alicante) y experta en violencia digital. "Tuvimos que aprender sobre la marcha: compaginábamos la interacción social cara a cara con un nuevo espacio digital donde el anonimato daba una sensación de impunidad y no solo facilitó que muchas personas ejercieran violencia sin percibir el daño real, sino que además potenció discursos que rara vez aparecerían en una interacción presencial”.
Que Christopher Chaney tuviera una cara, un nombre y un apellido fue el siguiente paso lógico y un momento clave en la lucha contra este tipo de delitos que años después, y con mayor rapidez y poder de difusión, han adoptado nuevas formas. “Nos costó mucho entender que la huella digital, todo lo que publicamos, compartimos o enviamos, es prácticamente imposible de controlar una vez que abandona nuestro dispositivo. Sin embargo, aunque las nuevas generaciones ya han nacido con estas tecnologías, seguimos enfrentando el mismo desafío: todavía no sabemos cómo educar adecuadamente en el uso responsable de lo que se comparte en el mundo digital”, apunta Beatriz Botella.
La prevención se ha convertido en uno de los puntos clave en este sentido. No obstante, lejos de habernos percatado del riesgo que implica compartir este tipo de contenido, las fotos íntimas se han popularizado todavía más entre los jóvenes y en ciertos espacios digitales destinados a intimar. “Necesitamos una estrategia que se centre en enseñar a utilizar las redes de forma ética y responsable, mostrando claramente los riesgos y las consecuencias que puede sufrir cualquier persona que participa en este entorno”, afirma Beatriz. “No se trata de prohibir su uso, sino de acompañar, educar y dotar de criterio para que puedan desenvolverse con seguridad en un espacio que ya forma parte esencial de su vida cotidiana”. Y con esto en mente, hemos elaborado la siguiente guía con la ayuda de Beatriz.
¿Existe una manera segura de enviar una foto desnuda?
“En términos absolutos, no existe una manera 100% segura de enviar una foto íntima”, apunta Beatriz Botella. “En el momento en que una imagen sale de tu dispositivo, deja de estar completamente bajo tu control. Incluso aunque usemos aplicaciones cifradas, la otra persona puede hacer capturas de pantalla, guardarla, reenviarla o almacenarla sin que lo sepamos. Lo que sí existe es reducción de riesgos, nunca eliminación total. Usar aplicaciones con cifrado de extremo a extremo, activar mensajes temporales, eliminar metadatos y enviar imágenes en las que el rostro u otros elementos identificativos no aparezcan puede disminuir la exposición, pero la vulnerabilidad nunca desaparece".
Cómo concienciar a las nuevas generaciones
“La clave es educación en responsabilidad digital, no en prohibiciones. Las nuevas generaciones ya viven su identidad y relaciones también online, así que necesitamos un enfoque realista”, aconseja Beatriz. Y en este sentido, y según su criterio, es muy importante que los más jóvenes comprendan estos puntos:
- Enseñar que toda imagen digital es replicable.
- Trabajar la gestión del consentimiento: no solo pedirlo, sino respetarlo.
- Explicar los riesgos legales, sociales y emocionales del mal uso de imágenes íntimas
- Promover la idea de que compartir una imagen íntima no culpabiliza a quien la envía, sino a quien la difunde sin permiso.
- Enseñar habilidades críticas: pensar antes de enviar, evaluar confianza y contexto, y reconocer señales de manipulación o presión.
¿Qué pueden hacer con una foto nuestra sin nuestro consentimiento?
- Difundirla en redes sociales, chats privados, foros o webs pornográficas.
- Manipularla con herramientas de IA para generar contenido sexual falso (deepnudes).
- Utilizarla para extorsión o sextorsión: amenazas de publicación a cambio de dinero o más contenido.
- Suplantar identidad o crear perfiles falsos.
- Guardarla de forma privada para un uso futuro, incluso años después.
¿Existe la posibilidad de borrar el rastro de una foto que ya ha sido enviada?
“Me encantaría contestar a esta pregunta que por supuesto que sí, pero la realidad es que solo se podrá borrar la foto de forma parcial y nunca garantizada”, puntualiza Beatriz. “Si la foto ya ha sido guardada, reenviada o subida a la nube de la otra persona, borrarla completamente es prácticamente imposible. Incluso aunque se elimine de una plataforma, puede existir en capturas, copias locales, backups, almacenamiento en la nube o repositorios anónimos”.
Lo único que sí podemos hacer es:
- Solicitar borrado en plataformas (la mayoría tienen mecanismos para contenido íntimo no consentido).
- Denunciar si hay difusión sin consentimiento.
- Intentar minimizar la propagación cuanto antes.
Pero no hay un botón mágico que deshaga un envío. Por eso hablamos siempre de prevención, no de recuperación.
¿Qué tipo de precauciones debemos tomar a la hora de enviar fotos íntimas?
Si alguien decide asumir el riesgo, las principales medidas de reducción son:
- Evitar mostrar la cara u otros rasgos identificativos (tatuajes, fondos reconocibles, ropa única).
- Enviar fotos sin metadatos (varias apps borran automáticamente EXIF).
- Usar aplicaciones con cifrado de extremo a extremo y mensajes temporales.
- Evitar que la foto permanezca en tu galería (usar cámara dentro de la app).
- No enviar nada cuando haya presión, chantaje emocional o insistencia: es un gran indicador de riesgo.
- Confiar solo en personas con un historial de confianza; aun así, el riesgo nunca es cero.
