Hay tres escenarios en los que Anna Wintour tiene vetados los vaqueros: en el Palacio de Buckingham, en la Casa Blanca y en el primer encuentro con tus suegros. La editora jefe de Vogue, directora de contenidos de Condé Nast y, por extensión, jefa de la moda, posee algún que otro modelo, sólo que no se los pone casi nunca. Por el contrario y a diferencia del común de los mortales, su uniforme vital no incluye un par sino que se compone siempre de dos prendas –un vestido estampado y un abrigo largo– y unos zapatos, siempre los mismos, –botas altas o sandalias de Manolo Blahnik– a los que profesa la misma lealtad que a su peinado.
Aunque su armario parece revelar otra cosa, Anna Wintour no tiene nada en contra de los vaqueros, lo admitía ella misma en la serie de vídeos Go Ask Anna (Pregúntale a Anna) junto con las ocasiones en las que para ella, como experta, son inadmisibles. Hay en otras, en cambio, en las que incluso la mujer que rara vez se pone vaqueros, puede hacer excepción.
Existen, mínimo, tres situaciones en las que la jefa de la moda aprueba los vaqueros: por ejemplo, en el tenis (Sony Ericsson Open 2011), en primera fila de algunos desfiles (Imitation of Christ otoño-invierno 2002, Olympus otoño-invierno 2004) y para una cita informal en pareja.
La imagen de Anna Wintour en 2005 saliendo de un restaurante en Nueva York junto al que por aquel entonces era su marido, Shelby Bryan, con abrigo de pelito, botas de punta efecto avestruz –con el que probablemente sea el tacón más fino de su historia–, camiseta y vaqueros, por un lado, zanja por completo el debate sobre la silueta más atemporal y por tanto, más amada por la moda. Ni millennials, ni zetas, tenían razón las francesas: eran los vaqueros rectos. Y, por otro, sirve de inspiración para uno de los looks de nueva temporada de Zara más solicitados: basta con decir que aún no ha empezado el invierno y el abrigo está agotadísimo en todas las tallas de la XS a las XXL.


