El estilo de Kate Moss
La primera prenda que Kate Moss (Croydon, 1974) recuerda con cariño es un corsé de Vivienne Westwood. Por aquel entonces, los años ochenta del siglo pasado, no eras nadie si no tenías o llevabas algo de la diseñadora. Vivienne otra vez: el primer sueldo que Moss cobró como modelo acabó en un precioso abrigo azul bebé con extensos apliques de piel también de la creadora natural de Derbyshire. La propia Kate ha contado en numerosas ocasiones lo difícil que le resultaba meterse en un taxi con el mencionado abrigo. La mayoría de las veces acababa sentada en el suelo del vehículo para que la prenda ocupada el asiento.
Kate Moss no tenía ni cuerpo ni cara de modelo, pero su destino estaba escrito en esos ojos con una ligera tendencia al bizqueo y en unos rasgos que la cámara adora desde cualquier ángulo. Empezó en la industria siendo muy joven, quizá demasiado, de ahí que ahora se arrepienta de los desnudos que protagonizó frente al objetivo de Corinne Day o Mario Sorrenti. En cualquier caso, no hay trauma. Como buena maniquí nunca fue muy consciente de sí misma. Su cuerpo era y es un vehículo, una herramienta de trabajo.
Y luego estaban los clubs de Croydon. Allí era feliz. Allí compartía con el mundo la fascinación que sentía por la moda y desarrollaba su verdadera pasión: llevarse a sus amigos a casa, después de una noche de baile, y vestir a cada uno con la ropa que había en su armario. Una actividad que sigue practicando, por cierto. Kate odia las tendencias, ama las tiendas de segunda mano y estudia concienzudamente lo que se pone. Aunque en realidad sería muy capaz de olvidarse de la moda por unirse a los Rolling Stones. No hizo falta. Su carrera ha sido una mezcla de todos estos elementos, de las cosas que le proporcionan felicidad. Música, disfraces, baile, ropa vieja y un rostro que nació tal y como la cámara quiso.




.jpg)







